sábado, 4 de febrero de 2012

EL VALOR DE LA PALABRA. Dmp74.

Vivimos la época de la imagen, en la que creemos haber hecho verdad aquello de que “una imagen vale más que mil palabras”. Pero, ante esta verdad acríticamente aceptada, hoy quiero destacar que hay palabras que nunca podrán ser substituidas ni por mil imágenes.


La palabra forma parte esencial de nuestro ser humano. Decía Aristóteles que todos los animales tienen voz, con la que expresar dolor o alegría. (Después de casi doce años juntos, yo distingo muy bien los ladridos de Polca, mi perra; sé si está alegre o si tiene dolor). Pero los seres humanos, continuaba Aristóteles, además de voz, tenemos palabra, que nos permite discernir el bien del mal, lo justo de lo injusto, etc. Es en la palabra que se asientan la familia y la sociedad.


La palabra, pues, nos socializa y, al hacerlo, nos humaniza. El mito del niño criado por lobos o por monos (del que bebió, por ejemplo, la historia de Tarzán) no puede ser cierto. Un niño solo, sin contacto con otros seres humanos, nunca llegaría a ser humano en plenitud, entre otras razones porque nunca llegaría a hablar, pues aprendemos a hablar imitando a quienes nos rodean. Esto explica que un niño inglés aprenda con facilidad la lengua de Shakespeare que tantos quebraderos de cabeza me da a mí, sin que llegue nunca a dominarla. Ya lo recogía Nicolás Fernández de Moratín en su famoso poema “Saber sin estudiar”:


Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
“Arte diabólica es”,
dijo, torciendo el mostacho,
“que para hablar en gabacho,
un fidalgo en Portugal
llega a viejo, y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho”.

Por otra parte, la palabra dada o empeñada siempre bastó para erigirse en compromiso, bien fuera esa palabra oral o escrita, al hacerse más complejas las relaciones. Pero un contrato es palabra, al fin y al cabo.


Sin embargo, la palabra está hoy muy descuidada. No parecen importar a demasiadas personas la ortografía o la oratoria. Ya hablé en octubre sobre mi experiencia en los tribunales. Una be o una uve, ¡qué más da! Y cualquiera puede ofrecer un discurso, sin haberlo preparado. Tengo para mí que la razón principal del alto índice de fracaso escolar es la falta de capacidad lectora, la falta de comprensión lectora. A menudo, tengo alumnos en bachillerato a los que no puedo pedir que lean algún fragmento en voz alta: ni el que lee ni quienes escuchamos vamos a comprender nada. Igualmente, mi gran dificultad a la hora de corregir los exámenes es descifrar la caligrafía del alumno y lo que ha querido decir, pues su sintaxis es errónea y su expresión, a menudo, ininteligible.


Opino que el gran reto de la educación primaria debe estar en centrarse en enseñar a los niños a leer y a escribir con corrección; así como a dominar las operaciones básicas del cálculo (suma, resta, multiplicación y división). A ello habría que añadir, tal vez, algunos ejercicios de oratoria, aunque sólo fuera recuperando los exámenes orales. Si en el inicio todo el esfuerzo lo centramos en el dominio de estas habilidades, cuando lleguen a la enseñanza secundaria podrán aprender, de verdad, otras materias.

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