martes, 3 de junio de 2014

LA FALACIA DEL DERECHO A DECIDIR 2: VERSIÓN ESTATAL. Dmp136.

El anuncio de la abdicación del rey D. Juan Carlos ha sacado a la calle con gran rapidez a los defensores de la república, que piden su inmediata proclamación, unos, y la convocatoria de un referéndum sobre la cuestión, otros. Hasta cierto punto, es una actitud que me parece lógica y respetable, aunque no así algunos de los argumentos que se esgrimen, basados, una vez más, en falacias argumentales.

El coordinador federal de Izquierda Unida, en sus declaraciones de ayer, expresó su deseo de poder decidir entre monarquía o república lo que, a su juicio, es decidir entre monarquía o democracia. Falacia argumental que da por hecho, de un plumazo, que el Reino Unido, Bélgica, Suecia, Noruega o Dinamarca (por citar algunos ejemplos) no son países democráticos, puesto que son monarquías, y sí lo son, en cambio, Cuba o la República Popular China, por el mero hecho de ser repúblicas. Creo que esta primera falacia no necesita más comentario para ser desenmascarada.

La segunda vuelve a ser la falacia del derecho a decidir, ahora en versión estatal. Como he dicho en la primera línea, me parece respetable y hasta lógico que se solicite un referéndum sobre la forma de estado, pero es una falacia afirmar o dejar entrever que el hecho de no convocarlo es una prueba de que no vivimos en una democracia auténtica. La forma de estado fue votada al votarse la constitución y, por lo tanto, ha sido democráticamente elegida. Puede apelarse al tiempo transcurrido, a la situación especial que se vivía en aquel momento y a muchas otras razones para solicitar un nuevo referendo, pero no negar legitimidad a la situación actual. El argumento de “esa constitución yo no la voté” es estúpido por simplista: obligaría a que, ante cada nacimiento de un nuevo ciudadano, hubiera de someterse a referéndum no ya la constitución, sino cada una de las leyes aprobadas por Cortes que ese ciudadano no eligió: el Estatuto de los trabajadores, la pertenencia a la Unión Europea o a la OTAN, incluso la Ley para la Reforma Política, que nos alejó del franquismo, serían algunos ejemplos...

Lo confieso: en las elecciones del pasado día 25 no voté a ninguno de los dos grandes partidos, pero, por favor, que los pequeños no aprendan tan pronto el uso de la falacia argumental; que con sus primeros diputados no pasen ya a creer (¡ay, tan pronto!) que los ciudadanos somos tontos.

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