martes, 2 de junio de 2015

A MI PADRE. In memoriam. * Seira (HU) 16 junio 1925 / + Zaragoza 26 mayo 2015

Al cumplirse una semana de la muerte de mi padre, en su memoria publico aquí unas páginas de mi libro "El viejo que me enseñó a pensar", en cuya portada permanecerá para siempre la fotografía de mi padre.


 –Querido Ari: Morir es inevitable. Desde el momento en que una vida nace está destinada a la muerte. Todo ser vivo ha de morir. Además, el ser humano no sólo muere, sino que sabe que ha de morir. Yo sé que he de morir. Y tú también. La conciencia de la muerte es, tal vez, nuestra diferencia más radical con cualquier otro ser vivo, lo que nos sitúa en la cima de la escala zoológica. Esta conciencia ha sido el incentivo que ha movido al ser humano, desde la noche de los tiempos, a buscar un sentido para su vida. Probablemente, la conciencia de la muerte está en el origen de la Filosofía y de la Religión. Incluso de la ciencia, porque la lucha por retrasar la inevitable muerte ha espoleado al hombre para investigar, inventar, descubrir... Pero, por mucho que la ciencia avance, todos tenemos que morir.

–Yo no quiero que usted se muera... Aún no.

–Perdóname si he sido un poco bruto, pero yo creo que hay que saber mirar a la muerte cara a cara. Y hacerlo sin miedo, sin espanto. Además, para los que tenemos fe, la muerte no es un punto final, sino tan sólo un punto y aparte. En este mundo vivimos a oscuras, de noche, ¡hay tantas cosas que no vemos claras, que no entendemos! Quienes creemos en la resurrección sabemos que la muerte, aunque misteriosa, será el final de esta noche en que vivimos. Creemos que, más allá de esta noche nos aguarda la claridad perfecta. ¿Es que no crees tú eso?

–Sí –respondí tímidamente.

–A menudo, rezamos a Dios pidiéndole una buena muerte. Mucha gente considera que alguien ha tenido una buena muerte cuando, por ejemplo, ha fallecido dormido y, por tanto, ni se ha enterado. Yo no pido eso para mí, yo quiero morirme sabiendo que me voy. Y, aunque nadie puede elegir su modo de morir, porque no sabemos ni el día ni la hora, Dios me ha concedido poder prepararme. Y poder despedirme de ti. Espero no haberme equivocado diciéndole al padre Germán que te trajera hasta aquí.

–No se ha equivocado. Me hubiera dolido más no poder despedirme. ¡Me hubiera enfadado!

–No olvides nunca que te has de morir –continuó–. Saberlo te ayudará a vivir más plenamente, con más sentido. Te ayudará a vivir el “Carpe diem”, ¿te acuerdas?

–Sí –sonreí.

–No quiero decir con esto que te pases la vida pensando en la muerte. No se trata de eso. No tienes que amargarte. Pero saber que hemos de morir puede ayudarnos a no dar excesiva importancia a cosas que no la tienen, a relativizar la mayoría de las cosas que nos ocurren porque, en general, todo tiene remedio. Todo… menos la muerte
Hubo una pausa. Tras ella, volvió a despeinarme el cabello con su mano temblorosa.

–No tienes que estar triste –me dijo–. ¿Tú me ves triste a mí?

–No.

–¿Qué más puedo pedir? Triste es cuando alguien muere inesperadamente, siendo aún joven. Triste es cuando una madre ve morir a su hijo, pero que un hijo vea morir a su madre entra dentro del orden natural. Claro que también entristece, porque la muerte es rotunda y definitiva, pero cuando alguien muere anciano es como si todo estuviera en orden, como si se cerrara un ciclo. Cuando se llega a mi edad, la muerte no es sino una etapa más del camino. Y no me asusta...


(Páginas 125-127)

1 comentario:

Emilio Agon dijo...

Con cariño y afecto un abrazo muy fuerte a ti y a tus herman@s. Emilio A.