martes, 10 de febrero de 2009

PASAR DE LA POLÍTICA. Dmp18.

Suelo enseñar a mis alumnos de Filosofía que es imposible "pasar" de la política, puesto que esa actitud es ya, en sí misma, una acción política, como lo es ir a votar en unas elecciones o afiliarse a un partido político. No en vano, ya Aristóteles definía al ser humano como un “animal político”.

Sin embargo, hay circunstancias en las que puedo comprender lo que mis alumnos (y un número creciente de ciudadanos) quieren expresar cuando afirman que "pasan" de la política. Las presentes, por ejemplo.

Tenemos un presidente del gobierno que merecería ser echado a escobazos de La Moncloa, pues es público y notorio que ha engañado en varias ocasiones a los ciudadanos (y, por favor, que no insista en negar la evidencia, pretendiendo pasar por tonto y mal asesorado antes que por mentiroso). El principal partido de la oposición, el PP, con la que está cayendo, insiste en mirarse el ombligo jugando a espías y, además, estos días, para colmo, se ve salpicado por determinados asuntos de corrupción que, si bien es evidente que no aparecen ahora públicamente de manera arbitraria sino intencionada, no pueden ser negados. La coalición que podría ser una alternativa, Izquierda Unida, regaló miles de votos y prácticamente todos sus diputados al PSOE, a puro de pasarse toda la anterior legislatura criticando al PP (y a la Iglesia) cuando no era el PP (ni la Iglesia) quien gobernaba.

Alguien me dirá que en Cataluña, como contamos con más partidos entre los que elegir, tenemos algo más de suerte. Según se mire. Porque yo no puedo evitar recordar que todos esos partidos, prácticamente a coro, nos presentaron como prioridad la renovación del Estatut, haciéndonos creer que el pueblo la demandaba a gritos; sin embargo, a la hora de refrendarlo en las urnas, ni siquiera el 50% de esa población tuvo el interés suficiente para acudir a votar y el principal valedor del nuevo texto, el presidente del gobierno, se niega ahora a cumplirlo en la cuestión de la financiación (¿no es éste, acaso, otro modo de no decir la verdad?)

Aficionado como soy a las sentencias o frases famosas, intento recordar alguna que describa mi actual estado de ánimo y no viene a mi mente otra que la pronunciada por aquel famoso y gran actor que, cuando un admirador se le acercó a pedir un autógrafo, le espetó con cajas destempladas: “¡A la mierda!”

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