lunes, 15 de febrero de 2010

CARNAVAL. Dmp44.

En contra de lo que pueda parecer a quienes me conocen, no he sido muy dado a disfrazarme para celebrar el carnaval con mis amigos. Lo he hecho algunas veces, es cierto, (incluso, el pasado mes de mayo, sin que fuera carnaval), pero creo que todavía puedo contar con los dedos de las manos las ocasiones en las que me he disfrazado. Sin embargo, en la escuela donde trabajo, me gusta disfrazarme con motivo del carnaval.

Aparecer en la clase disfrazado, descoloca a los alumnos. En un primer momento, se miran entre ellos, sin saber si pueden/deben reírse o no. Al poco, estallan las carcajadas y los comentarios, incluso los aplausos. Y, tras unos cinco minutos de jolgorio, después imparto mi clase normalmente, eso sí, disfrazado.

Acostumbrados como están mis alumnos a verme enfadado, serio, exigente…, me gusta que, de vez en cuando, descubran otra faceta de mi personalidad. Que sepan que no siempre tengo mal genio, que sé reírme, y divertirme, y gozar de la vida. Eso es lo que quiero que descubran al verme disfrazado por carnaval: que la vida, que a menudo es exigente y dura, es también divertida si ponemos de nuestra parte por descubrir ese lado divertido. Quiero que descubran que, en la vida, una parte del secreto de la felicidad estriba en saber hacer en cada momento lo que toca hacer y, a ser posible, divertirse (o, al menos, no amargarse) con ello. Estudiar y trabajar cuando es tiempo de estudiar y trabajar; divertirse, cuando toca divertirse. Cumplir con las obligaciones que uno tiene no es incompatible con disfrutar de la vida. Todo tiene su momento.

La alegría que, normalmente, derrocha la juventud tiene que encontrar su momento: no pueden estar siempre de broma porque son jóvenes ni olvidarse de la risa cuando se hagan mayores. Madurar no tiene por qué implicar olvidarse del lado divertido de la vida. No podemos convertir toda nuestra vida en un carnaval, pero sí podemos integrar el carnaval en nuestra vida.


© Luis María Llena.
Barcelona, febrero 2010.

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