lunes, 8 de febrero de 2010

PROTESTÓN. Dmp43.

Soy escuchante habitual de “No es un día cualquiera”, el programa que en las mañanas de los sábados y los domingos dirige y conduce Pepa Fernández, en Radio Nacional de España. En cada edición, entre las 10 y las 11 de la mañana, hay una tertulia sobre los temas más insospechados. La de este domingo abordaba el tema de la traición, a raíz del espía español que ha sido juzgado por actuar como agente doble. Al reflexionar de la traición se ha hablado, también, de la lealtad y el señor José Antonio Segurado ha expresado una reflexión que me ha hecho pensar. Ha defendido que la verdadera lealtad pasa por decir la verdad, aunque sea incómoda. La crítica sincera y constructiva no es traición, así como la adulación no es lealtad. Y ha puesto un ejemplo: el de tantas reuniones de consejos de administración de empresas o comités generales de partidos políticos donde nadie protesta, nadie abre la boca para discrepar del líder y, sin embargo, en cuanto acaba la reunión, florecen los corrillos donde, sin que él lo sepa, se le critica.

En cierto modo (y salvando las distancias) he reconocido esa situación, como habrán hecho, supongo, muchos otros trabajadores. En una empresa, en un trabajo, hay quien nunca expresa en público una sola discrepancia, quien no discute ni una sola de las decisiones, pero después, en la práctica, no las acata. Otros, en cambio, suelen protestar ante todo aquello que no consideran acertado o, simplemente, que no les gusta o no les resulta cómodo; sin embargo, una vez que se toma una decisión la acatan.

Confieso que soy de estos últimos: soy un protestón. Protesto a menudo y con vehemencia, lo cual me hace suponer que trabajar a mi lado no siempre resulta fácil. Pero acato las decisiones, incluso cuando no las comparto. A veces he tenido que defender ante mis alumnos decisiones del claustro de profesores que yo no compartía pero que se habían consensuado. La mayoría de mis compañeros hacen lo mismo, desde luego; pero no todos. Siempre hay quien no protesta por ninguna decisión, pero luego no la cumple; la excusa suele ser la misma: “No lo había entendido así”, si se trataba de aplicar una norma; o “me ha surgido un imprevisto”, si se trataba de acudir a una cita o reunión fuera de horario.

Por incómoda que sea, creo que debemos defender la protesta antes que el pasotismo o el individualismo. Consensuar requiere, en primer lugar, discutir, contrastar los pareceres; después, aceptar la decisión a la que se llega, aunque no coincida con la que nosotros habríamos tomado.

Llevo algunos años aplicando mi talante protestón también a mi vida de consumidor. Comencé protestando a los bancos; hace ya varios años, llegué a enviar una carta al defensor del cliente del BBVA por unas comisiones abusivas que conseguí que me devolvieran. A continuación, cambié mis ahorros de banco. Estos días estoy protestando contra Gas Natural porque la empresa ACTIVAIS concertó una cita conmigo para la inspección de la instalación del gas y, sin embargo, nadie se presentó en mi casa el día y hora señalados. Quince días después, ni siquiera han sido capaces de contactar conmigo para pedirme disculpas. Me llamaron, eso sí, para concertar una nueva cita pero ni siquiera hicieron mención a su incumplimiento, lo que aún me molestó más. Ahora, lucho porque sea otra la empresa que me haga la inspección, pues ACTIVAIS, una empresa que incumple y ni siquiera pide disculpas, no me parece seria. Sin embargo, Gas Natural me pone dificultades porque ésa y sólo ésa es la empresa que trabaja mi zona. Como si fuera legal el monopolio. Y en ésas estoy, con varias llamadas a cuestas y sin respuesta firme, de momento…

Protestar no siempre resulta fácil: en el trabajo implica hacerte antipático a algunos compañeros, pero es más leal que asentir siempre y, sin embargo, hacer lo que nos dé la gana. Como consumidor, protestar y reclamar requiere demasiado tiempo, pero debemos acostumbrarnos a invertirlo. Al menos, para que no puedan decirnos que nunca levantamos nuestra voz contra determinadas cosas, que siempre estuvimos de acuerdo, o, simplemente, que siguen haciéndose mal porque nunca nadie protestó contra ellas.
© Luis María Llena.
Barcelona, febrero 2010.

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