lunes, 22 de marzo de 2010

LA PRUDENCIA COMO VIRTUD. Dmp49.

Hemos conocido esta semana un grave error de la policía francesa: publicar los vídeos de las cámaras de seguridad de un hipermercado en los que aparecían unos supuestos etarras que, en realidad, resultaron ser bomberos de la Generalitat de Cataluña. Grave error, sin duda. Aunque lo primero que constato es la benevolencia con la que los medios lo están tratando y no puedo evitar pensar que todos seríamos mucho más duros en nuestra crítica si el error lo hubiera cometido la policía española o la guardia civil, por ese complejo que tenemos de creer que en todo somos más incompetentes que los demás.

Dicho esto, hay que reconocer que es un error grave que, afortunadamente, no ha tenido graves consecuencias, aunque podría haberlas tenido. No olvidemos que la policía británica abatió a tiros en el metro londinense a un joven brasileño porque le pareció más bien de raza árabe y lo consideró sospechoso. Desde el fatídico 11-S en el que cayeron las torres gemelas de Nueva York, nos envuelven, como nunca, el miedo y la sospecha y, con ellos, la posibilidad de equivocarnos al considerar culpable a un inocente.

Nunca acaban de dejarme tranquilo los casos policiales que se resuelven con inusitada rapidez, a no ser que se pille al culpable infraganti. Determinados delitos (violaciones, terrorismo y otros) crean un estado de ansiedad en la opinión pública que demanda culpables. A menudo la opinión pública tiene sed de sangre y venganza, aunque las vista de justicia. Y puede ser una tentación (política o policial) satisfacer esa sed. La justicia, para ser justa, no puede dilatarse indefinidamente en el tiempo, pero tampoco debe apresurarse demasiado.

Y el papel de los medios de comunicación vuelve a ser fundamental. Se ha perdido la elemental costumbre periodística de comprobar las fuentes y la información, cuando debiera ser algo indispensable en esa profesión. No me vale que me digan que la información provenía de una fuente oficial; hasta las informaciones oficiales deben ser comprobadas si no queremos que los gobiernos nos hagan creer a pies juntillas lo que ellos quieren que creamos. ¿No es por eso que se llamó a la prensa el cuarto poder? Además, hace sólo unos meses hemos vivido en España un caso dramático: el de aquel padre acusado de pederastia y que resultó ser inocente, cuando ya lo habían humillado públicamente en todos los medios de comunicación.

Policías y periodistas tienen que recuperar la prudencia como virtud, las prisas nunca son buenas consejeras. Por duro que pueda resultar en ocasiones, e incluso peligroso, un culpable en la calle siempre me parecerá preferible a un inocente en la prisión.

© Luis María Llena.
Barcelona, marzo 2010.

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