sábado, 6 de junio de 2009

Prólogo a "La vaca flaca"

Cuando escribo esta obra de teatro, nuestro país está entrando en una crisis económica que, según los expertos, habrá de ser profunda y duradera. Sin embargo, por momentos, la población parece no enterarse o no querer enterarse: los bares siguen llenos, y no es fácil encontrar mesa libre en los principales restaurantes para cenar en las noches de fin de semana, las salas de fiesta y discotecas siguen haciendo negocio, también las agencias de viaje...

Nuestra mentalidad ha cambiado hace ya tiempo. Las generaciones anteriores pensaban en el ahorro para el día de mañana, por lo que pudiera pasar; las generaciones actuales pensamos en el hoy y en el aquí y solemos llegar a fin de mes sin haber ahorrado ni un euro, no sólo porque los precios estén por las nubes (que sí lo están), sino también porque tenemos otra mentalidad diferente a la de nuestros antecesores, una cultura del consumo que nos hace tener muy claro que el dinero es para gastarlo.

Ésta es la razón por la que, cuando llega un tiempo de crisis, no parecemos enterarnos, o no queremos hacerlo. A los expertos en economía les preocupa el nivel de endeudamiento de la sociedad española. Nos cuesta renunciar a nuestro ritmo de vida, a nuestros pequeños caprichos y, si es necesario, nos endeudamos para poder mantenerlos. Los créditos ya no se piden para algo absolutamente necesario (como llevar a un hijo enfermo a un determinado hospital), sino para el ocio y el placer, (para hacer un viaje en vacaciones, por ejemplo).

Ante el dinero, todo lo demás pasa a ser secundario, porque hoy todo es mercancía: todo se compra y se vende. También el silencio de una madre o la honradez de un empleado. Cualquier cosa es válida para ganar dinero, porque lo necesitamos para “nuestros gastos”. Y cuando no podamos más, ya nos socorrerá papá-Estado, pues, a menudo, somos liberales a la hora de pagar impuestos y comunistas a la hora de reclamar subsidios.

De esto trata esta obra, del ritmo al que vivimos, del gasto sin control y de la crisis que nos asalta aunque no queramos verla. En el fondo, todos somos una familia de burgueses; una familia acomodada que, sin embargo, gasta por encima de sus posibilidades.

Y, en medio de todo esto, aquellos que no pueden gozar del mismo ritmo que gozamos nosotros, como los inmigrantes, por ejemplo. Aunque enseguida los “integramos” poniéndolos a nuestra disposición (en el servicio doméstico o en el comercio, da lo mismo), sumándolos a este engranaje del gasto sin control y haciéndoles soñar con que algún día podrán gozar del mismo estatus que nosotros.

No saben que es un estatus basado en tarjetas de crédito que echan humo. Un estatus de deudas y números rojos.


Luis María Llena León.
Barcelona, mayo de 2008

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