viernes, 26 de agosto de 2011

El día después: la reflexión.

Zaragoza, 26 de agosto de 2011.

Estoy de nuevo en casa (todavía en casa de mis padres, pero en casa). Pronto hará un mes que regresé de Nicaragua. Al llegar aquí, volví a oír hablar de crisis, crisis y más crisis...

Ni un solo día oí hablar de la crisis en Nicaragua. Será porque allí la crisis es un estado de vida permanente al que la gente se ha acostumbrado. Durante mi viaje fui contando lo que veía (aprovecho para agradecer, una vez más, todas las muestras de apoyo a mis crónicas) y prometí una reflexión que algunos me reclaman. Esta página final de Mi diario nica pretende ser esa reflexión.

Lo primero que viene a mi mente es lo que ya sugerí en mi soneto del 31 de julio. Sinceramente, cuando uno se pasea por Nicaragua no puede evitar preguntarse: Tanta revolución, ¿para esto? Es evidente que si la revolución ha igualado, lo ha hecho por abajo, casi por el umbral de la miseria. Pero es que, además, no es cierta esa igualdad. Alguien me dirá que tampoco hay igualdad entre nosotros, y es verdad; también entre nosotros hay pobres y hay ricos. La diferencia está en que, entre nosotros, una mayoría de la población puede vivir dignamente (hablo desde un punto de vista objetivo, otra cosa es la sensación subjetiva por la cual solemos creer que mereceríamos cobrar más o vivir mejor). También hay ricos y pobres en Nicaragua, pero la mayoría es pobre y esto hace que las diferencias sean más escandalosas. Un ejemplo: Las Galerías Santo Domingo, que visité varias veces en Managua, nada tienen que envidiar a cualquier centro comercial de España; pero aquí los centros comerciales suelen estar visitados por la clase trabajadora o, al menos, la clase media y en Managua lo visitan clases privilegiadas. Un detalle: los precios en esas galerías no están en córdobas (moneda del país), sino en dólares. Un día me paseé viendo escaparates y descubrí, por ejemplo, una mesa de comedor que se vendía por 600 dólares. ¿Quién puede comprársela si, por ejemplo, el sueldo de un policía es de 150 dólares, y pueden considerarse bien pagados?

Por otro lado, la utopía socialista y anarquista de una sociedad fraterna, basada en la bondad natural del ser humano, tampoco se ha cumplido allí. El índice de delincuencia es altísimo; las rejas lo protegen todo (ventanas y puertas) incluso en las viviendas más humildes. Supongo que es algo lógico si tenemos en cuenta el alto índice de miseria.

Otro aspecto que llamaba mi atención era descubrir grupos de hombres en pleno mediodía sentados al sol, a la puerta de su casa, sin nada que hacer. Se trata de un aspecto que me resulta difícil comentar, porque no quisiera dar pábulo a interpretaciones racistas. Digo esto porque algunas de las personas con las que hablé llegaron a decirme: “El nica es así, el nica es indolente por naturaleza, el nica es flojo”. No sé si se trata de una cuestión de idiosincrasia o es, más bien, una rendición ante la evidencia de hechos como la falta de trabajo y la miseria.

La religión sigue cumpliendo allí lo que ya Marx denunciaba en el siglo XIX, una labor de consuelo, de escape de la realidad presente con promesas de futuro. Me ha impresionado la cantidad de iglesias cristianas que existen allí; iglesias ya no ligadas a la Reforma, sino que se han multiplicado, eso sí, en base a uno de los principios fundamentales de la Reforma (la libre interpretación de la Biblia por cada bautizado, sin necesidad de la jerarquía ni la tradición). La multiplicidad de denominaciones me resulta imposible de recordar. Tengo la impresión de que, en muchos casos, esas iglesias no son sino el empeño personal de algún autoproclamado pastor, sin comunión alguna con otra confesión o comunidad más amplia. Pastores que, en la mayoría de los casos, tienen un nivel de vida muy superior al de sus ovejas.

¿Cuál es la solución, entonces? ¿El capitalismo?

Es evidente que el capitalismo tiene sus enormes deficiencias pero creo que no se puede negar que allí donde se ha puesto en práctica la economía capitalista, el progreso ha sido patente. En España vivimos hoy mucho mejor de lo que se vivía en la década de los cincuenta. En este caso, entiendo por mejor el hecho de vivir con un mayor nivel de vida: mejor alimentación, mejor sanidad, etc. La irrupción de la sociedad de consumo, en la década de los sesenta, permitió ese cambio. La sociedad de consumo se da cuando la mayoría de la población goza de dinero suficiente ya no para la mera supervivencia, sino para gastar. Eso es lo que no se da en Nicaragua.

La sociedad de consumo tiene sus defectos o problemas. Uno de ellos es el consumismo. Pero resulta que eso sí que lo hemos exportado a las sociedades aún no desarrolladas. Ya os anoté en mis crónicas cómo llamaba mi atención ver sobre el tejado de míseras viviendas antenas parabólicas; o el uso habitual de teléfonos móviles sofisticadísimos en personas que tienen gran dificultad para vivir dignamente el día a día. Casi al final de mi visita, Claudia me contó que en la escuela de su hijo iban a disponer de un ordenador portátil para cada alumno (gracias, creo, a la donación de alguna ONG). ¿Es por ahí por donde se debe comenzar? ¿Es un ordenador para cada alumno de primaria lo que necesita Nicaragua?

Creo que el reto que se nos plantea es conseguir que todos vivan con el mismo bienestar que vivimos nosotros. Sin embargo, soy consciente de que no es algo sencillo de alcanzar. Ocurre, en primer lugar, que no es fácil hallar la fórmula, intermedia entre el capitalismo y el socialismo, que pueda recoger las bondades de cada uno de los sistemas. Pasa, en segundo lugar (de mi enumeración, no de importancia) que no es sostenible un planeta en el que todos los seres humanos tengan nuestro nivel de bienestar (y de residuos, por ejemplo). Pero, ¿estamos dispuestos a renunciar a una parte de nuestro bienestar para que otros puedan vivir mejor? Si no, será cierto aquello de que para que exista un primer mundo es necesario que exista un tercero.

A menudo, cuando mis alumnos exponen la imposibilidad de cambiar el mundo, los invito a optar por las acciones personales que pueden cambiar el pequeño mundo que tienen a su alrededor. Los invito a la acción y el compromiso personales. Soy un convencido de que si cien personas luchan hoy por hacer un mundo mejor, el mundo es hoy un poco mejor. Sé que mi viaje a Nicaragua y mis crónicas no van a cambiar el mundo, pero de ellos me queda, al menos, la capacidad de valorar cuanto tengo y cómo vivo y el compromiso de continuar trabajando, desde mis limitadas posibilidades, por la justicia y por la utopía de un mundo mejor. Porque ese mundo mejor es posible.

Gracias a todos y hasta siempre. Os emplazo a seguir mi blog durante el curso.

FIN DE MI DIARIO NICA.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Es complejo interpretar la realidad de otra cultura, también resulta dificil prever la evolución de las sociedades de América Latina.
En nuestra realiadad es posible cambiar de estrato social si vales y te esfuerzas, por eso nos parece mejor y más justa, bueno, algo es algo. Allí resulta más difícil.
¿Qué hacer? Hagamos lo que hagamos, difilmente veremos resultados, pero estamos obligadso a hacer algo. Quizás colaborar con alguna ONG que garantice atenciones básicas a la población, igual así, la educación se convierte en un elemento que, con el tiempo, permita a la gente "elegir" su futuro.
Enfín, vaya como empiezo la mañanita...