domingo, 31 de julio de 2011

Vigésimo tercer día.

Diriamba, domingo, 31 de julio de 2011.

Día de lluvia abundante. Llovió anoche y llovía a las seis de la mañana, cuando me levanté. Durante la mañana lució el sol y pude ir al centro de la ciudad y regresar andando. A la parroquia de San Caralampio, donde hoy celebró un misionero comboniano oriundo de Italia, pero que lleva muchos años en América Latina (pasó más de quince en Perú y ahora lleva medio año aquí en Nicaragua). La verdad es que contó anécdotas interesantes de su labor como misionero, allá en la cordillera peruana.

Poco después de mediodía comenzó a llover y prácticamente no ha parado hasta hace un rato. Pero, vamos, por lo que he sabido, nada comparable con la que cayó ayer en Barcelona.

El caso es que, todo la jornada en casa, ha sido un momento para la tranquilidad y la charla, en compañía del periodista Nectalí Mora, que está pasando unos días con nosotros. Según Quique, Nectalí es, también, un ejemplo de esfuerzo y superación.

Y día, en fin, para la poesía. Hoy mi crónica será ya solamente un soneto que he escrito con algunas de las reflexiones que la visita a este hermoso país me está sugiriendo. Sin comentarios la fotografía, hecha en León, no ya por la falta de ortografía sino por la originalidad.

Revolución que iguala por debajo
deja sin sol el alba prometida,
sigue aplazando aún para otra vida
toda esperanza, y deja aquí el trabajo.

Revolución que en bienes de aquí abajo
no logra fecundar la tierra herida
es inútil esfuerzo de suicida
al que el absurdo hasta el final atrajo.

Revolución es hija de utopía,
sueños usó de brújula y de norte,
la ilusión compartida fue su guía.

Mas no conseguirá que nada importe
si a este valle no aporta mejoría
que al mortal de sus lágrimas conforte.


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