domingo, 2 de octubre de 2011

EN EL INTERIOR. Dmp67.

Vivimos hacia fuera, hasta el punto que muchos tienen miedo, casi pánico, a la soledad y al silencio. Cuántas veces, al regresar a casa, lo primero que se hace es conectar el televisor, aunque no pueda verse todavía: hay que ir al lavabo, cambiarse de ropa, atender alguna otra cuestión. ¿Por qué se conecta el televisor, entonces? “Porque me hace compañía”, suele ser la respuesta. Pero, bien mirado, eso es un simple autoengaño: el ruido no acompaña; el ruido, en todo caso, no nos deja pensar, no nos deja entrar en nuestro interior, no nos deja encontrarnos a solas con nosotros mismos.


Me gusta proponer ejercicios de silencio a mis alumnos y no todos los soportan. Con una música suave, les invito a pensar, a identificar qué y cómo se sienten, a escribirlo… En más de una ocasión algún alumno me solicita abandonar el aula. Le pone nervioso el silencio, no soporta este ejercicio de mirarse por dentro, de reunirse a solas consigo mismo.


Vivimos una época de escaparates donde la apariencia importa, en ocasiones, más que la esencia. Lo importante es deslumbrar. La bella y la bestia nos enseñó que la belleza está en el interior, pero casi nadie acaba de creérselo: los maestros de interioridad (por llamarlos de algún modo) tienen menos clientes que los cirujanos plásticos.


Y, sin embargo, este ejercicio de interiorización es inevitable e insoslayable. Si no lo hacemos en vida, tendremos que hacerlo en el momento extremo de la muerte, cuando habremos de enfrentarnos a nosotros mismos, sin trampa ni cartón. Todo ser humano tiene un ansia extrema de verdad y ésta se halla, sobre todo, en el propio interior, aunque algunos sean, incluso, capaces de engañarse.


Entrar en uno mismo es la manera más auténtica (tal vez la única) de captar la profundidad de la existencia, de dotarla de sentido. La única manera de decidir, al menos en parte, y de conducir nuestra propia vida sin que sea la vida quien nos arrastre como una riada. La única manera de ser conscientes de lo que hacemos y vivimos, de lo que somos, es entrar en nuestro propio interior.


Ciertamente, no se trata de vivir encerrado en uno mismo, después hay que salir. El ego (egolatría, egocentrismo, egoísmo…) no nos dará felicidad. Pero sin un mundo interior regado y mimado con esmero, toda la vida exterior será pura vaciedad. Incluso la solidaridad y hasta la caridad.


San Agustín (siglo V) lo tenía claro: “Noli foras ire, in te ipsum rede; in interiore hominis habitat veritats”. (“No vayas fuera, permanece en ti mismo; en el interior del hombre habita la verdad”). Y, sin embargo, a menudo nos empeñamos en vivir afuera…



1 comentario:

Anónimo dijo...

Hay personas que tienen que llenar constantemente sus silencios de palabras, se ponen nerviosos cuando no oyen nada y lo sienten como un peso en su cerebro.

El silencio como dice Luis te sirve para estar a solas contigo y reservar ese momento tanto para oír tu Pepito Grillo como para ofrecerte bonitos recuerdos de la vida y llenarte de buen rollito.

Me encanta el silencio a solas y compartido.

Un abrazo Luis

Cris