lunes, 31 de diciembre de 2012

CAMBIARSE DE CALZONCILLOS. Dmp91.


Reímos con un buen amigo. Me recomienda no ir a trabajar dos días seguidos con el mismo pantalón o con el mismo jersey. Él viste un modelo diferente cada día, en su trabajo la imagen es muy importante. Yo me excuso explicando que, a veces, uso el mismo pantalón dos o tres días seguidos, pero que cada mañana, después de ducharme, me visto con ropa interior limpia. Y él se sorprende de que cada día me cambie de calzoncillos y camiseta.
Comento con mi amigo (que nada tiene, sin embargo, de superficial) que eso es una metáfora del tiempo en que vivimos: hoy lo importante es el escaparate, aquello que se ve, la imagen… Poco importa el interior; si no se ve, qué más da que esté sucio. Y me da la razón. Y nos reímos.
Nunca he sido de hacer propósitos en Nochevieja, o de pedir deseos al comer las doce uvas. Tal vez, porque para mí el año empieza en septiembre, que es cuando comienza el curso. Yo pasé de estudiante a profesor y no he conocido otro ritmo de vida que el calendario escolar. Pero la anécdota de los calzoncillos me hace pensar un buen deseo para el año nuevo: no preocuparnos tanto de la imagen como del interior.
El paso del tiempo preocupa enormemente a algunos, hasta el punto de intentar disimularlo con operaciones estéticas. Pero, por mucho que en un quirófano nos quiten las arrugas, el tiempo habrá pasado y seguirá avanzando. Ari, el niño protagonista de mi novela “El viejo que me enseñó a pensar” lo tiene muy claro: “Aunque todos los relojes del mundo se pararan el tiempo avanzaría”.
Celebrar el año nuevo tiene sentido si no se tiene miedo al paso del tiempo y si somos capaces de vivirlo como una nueva oportunidad de seguir creciendo. Arrugándonos, sí; envejeciendo. Pero creciendo y mejorando. Por dentro. No vaya a ser que estemos muy mudados por fuera pero llevemos los calzoncillos sucios.

 ¡FELIZ AÑO NUEVO!

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