sábado, 4 de abril de 2015

Del Sábado Santo al Domingo de Pascua.

Sábado Santo.
Silencio.
El mundo es un sepulcro
donde el silencio impera.
La historia se detiene
en una pausa dramática
que refuerza el sentido narrativo.
Silencio.
No hay explicación. Ni quejas.
No hay preguntas,
más allá de un "por qué"
en sangre pronunciado,
un "por qué" abandonado a su abandono,
sin respuesta.
Silencio,
más allá de la lógica y del absurdo
va macerando el dolor
omnipresente.
Ya no hay rabia.
Serenidad. Silencio.

Silencio.
No hay Dios, lo hemos matado,
conquista de la libertad que Él mismo regaló.
Ya no hay Verdad ni Mentira;
ya no, Virtud ni Pecado.
Sin explicación. Sin meta.
Sin tabú y sin horizonte.
Y sin felicidad también. Todavía.
No era Él quien la robaba.
Silencio. Silencio de Dios.
Él quiso callar y nosotros
le tapamos la boca.
La injusticia campa,
la corrupción, el dolor, el hambre,
la miseria...
¿No dijimos que sin Dios
ya no habría pecado?
Envueltos en mil destellos
artificiales
olvidamos la realidad de la noche.
Es de noche.
Silencio.

Pero el Amor resurge,
siempre llama primero,
no espera,
que es impaciencia el amor.
El fuego del amor
pasa su antorcha al día
que renace.
Resuena la palabra nuevamente,
reverdece el sentido,
se ilumina el horizonte;
vale la pena el andar
si se vislumbra la meta.
La historia avanza de nuevo.
Resurgen las preguntas,
se abre camino la duda,
florecen las respuestas
testigos de la búsqueda.
La injusticia campa,
la corrupción, el dolor, el hambre,
la miseria...
Sí, pero nos tienen enfrente
porque el Amor impera.
Ya no nos distraerán
destellos de artificio.
El Sol ha renacido.
Es de día.
Ha vuelto la Palabra.
Es Domingo de Pascua.


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