jueves, 6 de enero de 2011

NOCHE DE REYES. Dmp61.

Noche de Reyes. Estoy en Zaragoza y voy a cenar a casa de un amigo. Bajo hasta el centro de la ciudad con mi coche, no me quiero entretener demasiado y quiero volver a casa pronto: mañana he de conducir hasta Barcelona y quiero estar descansado. A mí me resulta aburridísimo conducir, sobre todo si viajo solo con mi perra. Dejo el coche en un estacionamiento subterráneo, aunque tendré que pagar no quiero entretenerme en buscar aparcamiento por la calle, por experiencia sé que en el centro de Zaragoza es difícil de encontrar. Entro en el parking a las 21:15 horas.

Noche de Reyes. La cena es agradable, íntima. Charlamos. Tampoco demasiado; con el estómago lleno me da un bajón terrible, un ataque de sueño y de cansancio, y decido irme a dormir. Me despido de mi amigo. Nos veremos. Son las 23:15 horas cuando vuelvo a entrar en el parking.

Noche de Reyes. Los parkings son aquí más baratos que en Barcelona (o eso me parece). Llego hasta mi coche y veo funcionando los cuatro intermitentes. No recuerdo haberlos encendido. Enseguida descubro que la ventanilla del conductor está rota. Alguien la ha hecho añicos. Hay cosas revueltas sobre el asiento. Me han robado el radio-CD.

Noche de Reyes. Tengo un problema: mañana he de regresar a Barcelona, porque el viernes trabajo a las 7:50 horas. A pesar de todo, reacciono con calma. Me duele, más el desastre que el robo en sí mismo, más la incomodidad que la substracción. Llamo por teléfono a mi amigo y se lo cuento. Subo por las escaleras hasta la primera planta y descubro en ellas gotas de sangre; el ladrón se ha herido y ha huido por esa misma escalera. Hablo con el vigilante. Reclamo.

Noche de Reyes. Mi amigo se presenta en el parking sin que yo se lo haya pedido. Es un amigo. Defiende mis derechos, reclama ante el vigilante. Yo para estas cosas soy algo apocado. Me acompaña a la comisaría: denunciamos. Casi puedo decir que él tiene experiencia: hace poco entraron en su casa y le robaron. A su casa volvemos. Buscamos por internet el teléfono y llamo a mi compañía de seguros. No hay nada que hacer hasta el viernes, mañana es festivo.

Noche de Reyes. Es innegable: los delitos están aumentando en nuestro país. La crisis es la crisis. Me recuerda la situación de los años ochenta. Durante un par de décadas, parecía que todo esto había remitido. Pero ahora vuelve. Hay quien pasa necesidad.

Noche de Reyes. Todavía no sé qué haré. Decido que mañana por la mañana telefonearé a mi directora. Me voy a dormir, aunque aquel sueño que me vencía tras la cena ya ha desaparecido. Antes de marchar, nos reímos un rato. Es casi la una y media. Estoy contento conmigo mismo por la paz con la que he asumido este imponderable.

Día de Reyes. Me levanto sin regalos. Estoy a solas con mis padres; los niños, mis sobrinos, están en casa de mi hermana, allá en el Garraf. Llamo a mi directora y ella me hace un regalo: no vengas, arregla el coche, ya vendrás el lunes. Envíame deberes para que puedan hacerlos mañana los alumnos. Gracias, Glòria. Es una amiga, aunque no dudo que esto lo habría hecho por cualquier otro profesor.

Día de Reyes. A veces la vida nos regala lo que no hemos pedido, aunque lo deseáramos. A mí, un día más de vacaciones pero, sobre todo, la paz, la serenidad, en medio de un imponderable. Mi regalo ha sido comprender que la realidad no tiene por qué estropear mis sueños; que la realidad no tiene por qué apagar la magia de una noche. Mi regalo han sido, una vez más, mis amigos.

Día de Reyes. Otro amigo me decía anteayer: “Este año no voy a pedir que los Reyes me traigan nada; voy a pedir que no me quiten”. Yo también: que no me quiten la paz.

Luis María.
6 enero 2011.

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