jueves, 24 de marzo de 2011

OBSOLESCENCIA. Dmp62.

En cierto modo, podría decir que hoy estoy de luto. Casi. Esta mañana, mientras me afeitaba, mi maquinilla eléctrica ha dejado de funcionar. Se trata de una máquina eléctrica que me regaló mi padre cuando yo tenía dieciséis años. Lo recuerdo bien, porque en 1981, cuando yo me fui a Italia con diecisiete años, ya me acompañó. Desde entonces ha estado conmigo y me ha servido. Pero esta mañana ha dejado de funcionar y he sentido pena, la pena que provoca cualquier pérdida.


El final de mi afeitadora me ha hecho pensar que hoy las cosas ya no duran como antes. Hoy las cosas se fabrican para que duren poco tiempo. Se fabrican de tal manera que son irreparables, sale más a cuenta comprar un aparato nuevo. Es el consumismo en el que nos hallamos sumergidos. Los teléfonos móviles son un claro ejemplo; a mí, a los dos años, todos los teléfonos me empiezan a fallar. Y no paro de recibir ofertas para que gaste mis puntos y me compre uno nuevo. Me compre no: tengo tantos puntos que me lo regalan. Quieren que tenga un móvil nuevo a toda costa. ¿Y qué pasa con el viejo? Alguna vez tendremos que pensar en todos los residuos que generamos; alguna vez tendremos que bajar el ritmo.


A este asunto le han dado en llamar obsolescencia: las cosas se nos hacen obsoletas enseguida. Valoramos lo nuevo por ser nuevo, lo viejo pierde valor a nuestros ojos. Hablando de cosas y, lo que es más grave, hablando de personas. En cambio a mí me gustan las antigüedades. No ésas que cuestan mucho dinero, pues no lo tengo. Me gustan las antigüedades familiares. Conservo, por ejemplo, la máquina de escribir con la que mi madre aprendió mecanografía y con la que yo aprendí. Y la mesa de despacho de mi abuelo. La cámara de fotos de mi padrino y la radio-tocadiscos de mi madrina junto con algunos discos de pizarra de mi padre. Hasta ahora, también la máquina eléctrica que él me regaló cuando yo tenía dieciséis años.


Con el coche me pasa algo parecido. Todavía conservo mi primer coche, no he tenido otro. Supongo que el coche no me durará tanto como la maquinilla de afeitar, sobre todo por cuestiones de seguridad. Pero, de momento, ahí resiste. Tiene 14 años. Ya veremos cuántos cumple en servicio.


© Luis María Llena.

1 comentario:

Josep M dijo...

Tens raó Luis Maria! passa amb els televisors i amb els ordinadors, clar que si aquests aparells ens duressin molts anys, la roda del consumisme es pararia, i amb la que ens ha caigut a sobre, "LA CRISI" se n'aniria tot a fer punyetes.
Jo, des de que m'afaito, i d'això ja fa molts anys, sempre ho he fet amb maquinetes, primer amb les fulles canviables i després amb les de plàstic per usar i llençar,ah!... però d'aquestes n'hi de dues classes, unes de molt barates, però que com a molt et valen per a dues afeitades i unes altres més cares, que com a mínim les pots fer servir durant 10 o 12 dies, és allò de "el barat surt car"

Està molt bé això de que conservis estris dels teus pares i familiars!jo també tinc una màquina d'escriure de museu.

Salut!

Josep Maria Calbó