viernes, 22 de julio de 2011

Decimocuarto día.



Diriamba, viernes 22 de julio de 2011.


Sean mis primeras palabras de esta noche de solidaridad y condolencia con las familias de las víctimas de lo ocurrido hoy en Noruega. Anoche acabé mi reflexión hablando de la bondad y la sencillez de un hombre y expresando cómo eso me reconciliaba con el género humano. Hoy estamos justo en los antípodas. Nunca entenderé cómo un ser humano puede provocar gratuitamente tanto dolor a sus semejantes. Un terremoto, una inundación, un tsunami… provocan un enorme dolor, pero no dependen de nosotros. En cambio, actos como el de hoy, que dependen de la voluntad humana, no sólo provocan en mí un rechazo moral, sino también intelectual. No lo entiendo. Que las víctimas descansen en paz, que en paz puedan seguir viviendo sus familiares a pesar del horror, y que Dios convierta el corazón humano que es capaz (no sé si por enfermedad o por maldad) de tanto horror.


Hoy he vuelto a Masaya. El día que estuvimos llovía, pero me pareció una ciudad bonita y yo me dije que tenía que volver. Aprovechando que Quique tenía fiesta, se ha quedado en casa con Laurita y yo me he ido con Omar y su moto-taxi hasta esa ciudad. Entonces hacía sol, pero cuando hemos llegado allí ya brisaba; sin embargo, continuaba luciendo un cierto sol y la sensación de calor era intensa, se notaba diferencia con la temperatura de Diriamba.


Hemos visitado el mercado antiguo, que en los años noventa fue rehabilitado y, por eso, está mucho mejor que el nuevo. Es un mercado pensado para el turismo. Allí se vende artesanía a precios de turista. Una artesanía que a mí me ha dado la impresión de que se fabrica en serie y exprofeso para el turismo. Miré algunas cosas pensando en regalos, pero no compré nada. Me veían la cara de extranjero. Y eso que, a veces, Omar me decía: Andá, andá, apartate, intentando conseguir él un mejor precio. Un ejemplo: cojo un monedero de señora y, al abrirlo, veo que lleva el precio: 800. Lógicamente, han de ser córdobas, no pueden ser dólares. Pregunto a la chica y me dice: 45 dólares, pero le puedo hacer rebaja. 45 dólares, en números redondos, son más de 1000 córdobas. O sea, que muy probablemente pretendía vendérmelo, con rebaja y todo, a un precio superior al que marcaba (poque, evidentemente, ella no se había dado cuenta de que estaba marcado). En fin, que no he comprado nada.


Por el mercado y sus alrededores había mucho gringo y se oía hablar inglés. Me ha llamado la atención un grupo de adolescentes, chicos y chicas bastante jovencitos que hablaban inglés y que, sentados a la mesa de un bar en una plaza, fumaban puros. Por las maneras y por la tos que le ha dado a uno de ellos, he deducido que no tenían costumbre de fumar. Pero era como si dijeran: Estamos en el tercer mundo, aquí todo está permitido, aquí no hay ley. Me cuenta Quique que sí que hay una ley que prohíbe fumar a los menores, pero, como tantas otras, nadie suele ocuparse de que se cumpla.


Nos hemos acercado, después, por el mercado nuevo, que nada tiene de nuevo. No me ha llamado la atención, pues no lo he visto muy diferente del de Jinotepe o el de Diriamba, y no nos hemos detenido. Por aquellas callejuelas he visto algunas estampas curiosas, como las dos fotografías con las que hoy ilustro esta crónica y que dedico a mi amigo Míchel. Quienes lo conocéis, sólo tenéis que leer los carteles que en ellas aparecen para entender el porqué de esta dedicatoria. Salón de belleza unisex Fátima. Barbería Hermanos García. Y os aseguro que el local del negocio es eso que veis en la fotografía, no hay nada más allá.


En cuanto al niño, ya veis que está con el traje con el que su madre lo trajo al mundo. Ha sido una pena, porque dos segundos después se ha puesto de pie y hubiera quedado más bonita la fotografía. Pero, debo confesaros que me da apuro hacer fotografías cuando aparecen personas, me parece una cierta falta de respeto. Por este motivo no tengo todavía una fotografía de algún papá yendo en bicicleta con su niño pequeño en la barra. Es una estampa que me encanta, porque he visto a niños bien pequeños ir sentados cómodamente en la barra, delante de su padre, de medio lado, con las manos sobre el manillar y su cabecita sobre las manos, con una tranquilidad próxima al sueño, en algunos casos.


Después, nos hemos ido a comer a un restaurante a las afueras de Masaya. Parecía tener una cierta elegancia, pero no había agua corriente en los lavabos. Era una especie de bohío. Según el diccionario de la R.A.E., un bohío es una cabaña de América, hecha de madera y ramas, cañas o pajas y sin más respiradero que la puerta. Éste tenía ventanas, pero el techo estaba hecho de cañas y pajas y, sin embargo, no se colaba ni una gota de agua.


Porque hoy ha llovido. (Igual que ayer, que me olvidé de decirlo). Cuando estábamos acabando de comer, ha caído un diluvio, acompañado de rayos y truenos. Tan fuertes eran los truenos, que disparaban la alarma de uno de los coches aparcados afuera. Ha sido divertido: cada vez que se oía un trueno fuerte, la alarma de ese coche comenzaba a sonar.


Cuando ha amainado un poco, hemos emprendido el camino de regreso hacia casa. No nos hemos mojado, pero la sensación de humedad era intensa. Omar tiritaba de frío. Si durante seis meses no llueve nunca y las temperaturas no bajan de 35 ºC, ahora empiezo a comprender que con días como el de hoy, en que no hemos llegado a 30 ºC y la mínima se ha quedado en 23 ºC, los nicas digan que aquí estamos en invierno.


1 comentario:

mirek dijo...

Vaya, vaya con la barberia!