lunes, 11 de julio de 2011

Tercer día.

Diriamba, lunes, 11 de julio de 2011.

Diluvia. Desde hace un buen rato. Cae y cae agua sin parar. Pero ha comenzado a la tarde.

Me he levantado temprano, a las cinco y media, aunque Laura ha seguido durmiendo casi hasta las 7 (vamos a ver si, poco a poco, los dos superamos el jet lag; de hecho, ahora estoy cayéndome de sueño). Hoy vino Claudia y nos preparó el desayuno. Hoy probé, por fin, el gallopinto, plato típico del desayuno nica, consistente en un arroz salteado con frijolitos rojos.

Hemos pasado el día de excursión. Ha sido difícil hallar un carro (coche) en alquiler. Pueden alquilarse en el aeropuerto de Managua, sí, pero después tienes que devolverlos allá. Un conocido de Omar nos lo ha alquilado por 25 dólares, de 9 de la mañana a 9 de la noche (de hecho, todavía no se lo hemos devuelto). ¡Qué coche! No iba el cuentakilómetros, ni el indicador de velocidad, ni el indicador de la gasolina que queda en el depósito… La mayoría de los coches son así, incluidos los taxis.

Hemos llegado a Granada. Es una ciudad colonial preciosa. Por primera vez he estado en un lugar con pinta de ciudad, o de núcleo urbano, y no sólo de una hilera de casas a ambos lados de la carretera. La plaza de la catedral es preciosa, con sus casas coloniales. Hemos visitado un par de iglesias y una especie de casa de cultura donde había un taller de pintura. Allí hemos visto turismo. Me ha pasado lo de siempre: se me dirigían y me hacían ofertas en inglés. Se ve que mi piel clarita y mi cabello les hace suponer erróneamente que soy gringo.

Al salir, le he pedido a Omar que buscáramos un cajero automático, todavía no tengo moneda del país y no quiero que mi hermano siga pagándolo todo. Le pido a Omar que me ayude con los cálculos. Un cambista le ofrece 22’3 pesos por dólar. Quique cambia. Pesos es como en la calle llaman aquí a los córdobas, la moneda oficial. El cajero me podía dar córdobas o dólares. He pedido córdobas y, al hacer el cálculo, he pensado: unos doscientos euros, pues cinco mil córdobas. El suspiro de Omar me ha devuelto a la realidad. Ésa es una cantidad escandalosa en este lugar. Le he pedido disculpas. Me ha dicho que no era necesario, que sabe que no lo he dicho por fanfarronear. Pero que cinco mil córdobas… ¡guau! El cajero no me los ha dado, era una cantidad excesiva.

Hemos viajado, después, hasta el volcán de Masaya. Hemos subido hasta el cráter. Es impresionante, tanto por el tamaño del cráter, como por el hecho de poder asomarse a él y ver las fumarolas y experimentar el olor a azufre. Por algo en otros tiempos lo consideraron una de las bocas del infierno.

Sobre la una hemos comido. Un pescadito al ajillo. Te lo preparan sin ninguna espina. Después a Tipitapa, en busca de los voluntarios que conocimos en el avión. No los hemos encontrado. Tipitapa es grande y caótico. Prácticamente, sólo la carretera que atraviesa la población está asfaltada. Si uno gira a derecha o izquierda, las calles son de tierra. Omar nos ha dicho que era aconsejable no entrar por ahí; él vivió en Tipitapa. Me he decidió a preguntarle a un policía. Es verdad que los datos que podía ofrecerle no eran muchos, pero tengo la sensación de que ni con todos los datos del mundo me hubiera ofrecido una respuesta. Tal era su indolencia. Ni siquiera ha cambiado su postura en toda la conversación, recostado como estaba sobre la pared. Hemos marchado de allí.

Hemos bajado hasta Managua. Mi primera impresión se ha confirmado. Supongo que hay zonas residenciales. Me dicen que sí, cerca de las embajadas. Pero el recorrido es triste y pobre. Vamos al muelle Salvador Allende a tomar un refresco. Está junto al lago Managua, una gran extensión de agua dulce completamente desaprovechada, pues no hay en ella atracciones turísticas ni se usa para remediar la escasez de agua en otras épocas del año.




Empieza a llover. Cuando decidimos volver a casa, ya diluvia. El regreso en coche ha sido complicado. Si el tráfico es ya de por sí caótico, conducir con lluvia es casi una odisea. Desde entonces no ha parado de llover…



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