martes, 26 de julio de 2011

Decimoctavo día.

Mercado de Jinotepe.


Diriamba, martes 26 de julio de 2011.

Mañana, la selección nacional de fútbol de Nicaragua juega contra la selección olímpica de Honduras, en San Pedro Sula. Esto hace que Quique se haya marchado hoy a Honduras. Volverá el jueves. Mi día ha sido, pues, estar con Laura.

En casa leí el periódico, concretamente el Hoy. Impresiona que, las tres primeras páginas sólo dan cuenta de asesinatos, robos, delitos… Pensé reproducir algún fragmento, pero no vale la pena. Si alguno de vosotros está interesado, que mire la edición de hoy de ese periódico:
www.hoy.com.ni


La verdad es que el número de delitos que se cometen en este país es elevado. Los mismos Claudia y Omar me desaconsejan que ande solo por determinados barrios de la ciudad, e incluso por el centro a partir de una determinada hora. Llama la atención la cantidad de rejas que tienen las casas, no sólo en las ventanas, sino en las mismas puertas. Supongo que la principal explicación es la miseria en la que vive una gran parte de la población. La falta de educación, otra. La falta de ocupación estable, también debe de influir. Y, sumado a todo ello, tal vez, la bebida.

Algunos de vosotros ya me habéis sugerido que dé mi opinión sobre algunas de las cosas que veo y vivo. De momento, prefiero ser un simple cronista. Más adelante, ya en casa, llegará la reflexión. Por cierto, si queréis hacerla vosotros, además de enviarme correos electrónicos, también podéis dejar comentarios en este blog. Aprovecho para agradecer el e-mail de Pilar, que ha seguido mis crónicas desde Bolivia, y el de Glòria, que las sigue desde California. Las cito a ellas por la peculiaridad de los lugares donde se encuentran, pero os agradezco la comunicación a todos los que me escribís desde España.

Hay algo que no conté, por triste, pero hoy me he decidido a hacerlo. Estaría bien una foto, pero no quise tomarla, por respeto a la dignidad de la persona. El domingo, cuando volvía de Misa caminando hasta la casa, de pronto vi unos pies que salían de la cuneta y estaban sobre el asfalto. Podían ser atropellados. Cuando me acerqué vi un hombre tumbado. Me asusté. Por su rostro deduje que no estaba muerto, estaba durmiendo. Durmiendo la borrachera. Dudé si acercarme a él, si decirle algo, si ayudarlo… No me atreví. Dice Omar que hice bien, porque hubieran pensado que quería robarle.

El caso es que, ese mismo día, cuando bajábamos a Managua, en la carretera que conduce hasta la capital vimos a otro hombre en la misma situación. Esta mañana, antes de las nueve, hemos ido a Jinotepe a comprar y en una acera había otro hombre así. Y eso que aquí el número de bares es muy inferior al de España. Supongo que esas borracheras se debían a la fiesta de Santiago (patrón de Jinotepe), pero Claudia me dice que es algo habitual. Son los bolos.

Busco en el diccionario de la R.A.E. esa palabra, no usada en España y, como casi siempre, hallo que es correcta. Y, de pronto, oigo en mi cabeza la voz de mi madre. Cuando su nieto más pequeño se pone a brincar y a hacer el tonto, le pregunta: ¿Es que estás bolo o qué? (¡Felicidades! Hoy, festividad de san Joaquín y santa Ana, padres de la Virgen María, es el día de los abuelos. Laura quiso felicitaros, pero Quique se llevó su teléfono).

Me explica Claudia que los bolos beben guaro. El diccionario me ayuda una vez más: En América Central, aguardiente de caña. Lo beben del barato, claro. Y es habitual verlos así tumbados en cualquier lugar, en medio de cualquier calle o carretera. Muchos de ellos, además, tienen borracheras violentas y, por tanto, es difícil intentar ayudarlos. De vez en cuando, los vagos aprovechan que están dormidos para robarles hasta la ropa que llevan puesta. Cada cierto tiempo, la policía hace el plan bolo, que consiste en recoger a los borrachos que se encuentra por la calle e ingresarlos en prisión. Pero, claro, esa no es la mejor terapia para un alcohólico y, cuando salen de la cárcel, recaen.

Lo que yo he probado, por fin, ha sido un fresco, que es como aquí llaman a los refrescos naturales, es decir, zumos (aquí jugos) de alguna fruta, mezclados con agua y azúcar, y puestos en la nevera (refrigerador). Ayer en un restaurante me atreví a probar el de calala, que es como llaman aquí al maracuyá, porque me dijeron que, para hacerlo, hay que cocer la fruta en agua. Si el agua había hervido, no suponía problema para mis tripas. Tanto me gustó, que hoy, en el mercado de Jinotepe, compramos calalas y Claudia nos ha hecho el fresco de calala casero. A Laura también le ha encantado, pero ella ya hace rato que duerme…


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