jueves, 28 de julio de 2011

Vigésimo día.

Iglesia El Calvario, de León.


Diriamba, jueves 28 de julio de 2011.

Hemos pasado el día con Laura en compañía de Claudia. Quique acaba de llegar ahora de Honduras, a las 9 de la noche.

Claudia me explicó hoy que en las escuelas públicas (como a la que asiste Shirley, su hija) cada día dan de desayunar a los niños (porque si no, muchos no desayunan). Por turnos, cada día una de las mamás trae de casa el gallo pinto. El arroz, los frijoles y el aceite para cocinarlos, se los da la escuela que, a su vez, los recibe del gobierno. Si quieren, las madres pueden añadir algo más, como queso; pero muchas no pueden hacerlo. Cada niño lleva su platito, su vaso y su cuchara. Si algún niño no lo trae, se queda sin comer; no se les permite compartirlos, para evitar el contagio de enfermedades.

Claudia vive en el barrio Reconciliación, uno de los más pobres de Diriamba. Allí pudo hacerse una casita humilde gracias a que el gobierno les concedió un pequeño terreno a bajo precio. Pero en su barrio no hay agua corriente cada día. Muchos niños van descalzos. Cada mediodía esperan con un platito, junto a la calzada, a que llegue el autobús de los gringos. Ella no sabe bien quiénes son, pero cree que son de alguna Iglesia. Cada día reparten arroz con verduritas. El día que no viene el autobús, esos niños no comen. Gracias a Dios, nosotros comemos cada día. Tres veces.


Claudia me ha dado hoy la receta de fresco de calala, que os explico por si alguno encontráis maracuyá en algún mercado y os lo queréis preparar. Os aseguro que vale la pena.

Se cogen unas cinco o seis calalas (maracuyás) y se limpian bien (Claudia me dice que incluso con jabón, y se secan bien).

Se parten por la mitad, se les saca lo de dentro y se echa en la olla. La piel se trocea, entonces, como si fueran patatas y se echa también a la olla. Se llena la olla con mucha agua, porque ha de hervir un par de horas.

Cuando ya ha hervido las dos horas, se licúa (si se quiere, antes se le sacan las semillas). Una vez licuada, se cuela. También se puede hacer con la calala cruda, licuándola simplemente, pero Claudia opina que es mejor cocida.


Después, se añade agua y azúcar y se va probando hasta que pierda la acidez y quede con el dulzor deseado. (Si están bien amarillas, o sea, maduras, las calalas suelen ser dulces). El fresco, tal como dice su nombre, debe conservarse en frío, si no, se estropea.

Claudia y Omar no dejan de llamarme Don Luis. Al principio, me resistía, pero ahora ya casi me estoy acostumbrando. Incluso estoy tentado de, a partir de septiembre, obligar a todos mis alumnos a llamarme Don Luis. :) Saludos a todos mis alumnos (y exalumnos) de bachillerato que seguís mis crónicas.

Y a todos los que leéis esto en vuestro último día de trabajo
¡FELICES VACACIONES!

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