martes, 29 de diciembre de 2015

GRACIAS, POLCA.


NUNCA ME HABÍA PLANTEADO TENER UN PERRO, pero he compartido los últimos quince años de mi vida con Polca, una Teckel de pelo duro cariñosa y tozuda. Ayer murió.
Polca nació en casa. Había sido concebida en el salón de nuestra casa de Zaragoza mientras compartíamos la comida toda la familia reunida para la boda de Piluca, mi hermana pequeña, que ahora no recuerdo si se había casado el día anterior o se iba a casar al día siguiente. Tara y Teo copularon allí, acorralados entre los sofás. Era el mes de abril de 2000. La noche de San Juan de ese mismo año, en el cuarto de las literas de nuestro piso de Benabarre, Tara dio a luz seis hermosos cachorros Teckel de pelo duro, como ella.
            Mi madre comenzó entonces (o, tal vez, unas semanas antes, no lo recuerdo) a sugerir por qué no me quedaba yo uno de los cachorros. Me pilló de sorpresa porque, como he dicho, nunca me había planteado tener un perro. Yo le veía ventajas e inconvenientes, pues sabía que, si lo aceptaba, iba a ser un compromiso de por vida; conocía casos de personas cercanas que habían cogido un perro y a los cuatro meses lo estaban llevando a la perrera por las molestias que acarreaba. No quería que eso me sucediera a mí y por eso me lo pensé mucho. No sé qué tienes que pensar tanto, me repetía mi madre por teléfono casi diariamente. De pronto, un día descubrí que en mi propia calle, en la acera de en frente, abrían un consultorio veterinario: CENTRE VETERINARI NAVAS. Lo tomé como una señal y le di el sí a mi madre. Àlex fue el veterinario de Polca desde el primer día hasta el último y desde aquí quiero darle las gracias por su profesionalidad y por su humanidad, con ella y conmigo. A él y a todo su equipo.
            Tras las vacaciones de aquel verano en Benabarre, a finales de agosto me la traje conmigo a Barcelona. Aún recuerdo aquel viaje y cómo ella, que entonces era un ser minúsculo de no más de un palmo, consiguió trepar por el respaldo del asiento trasero; cuando me di cuenta estaba bajo el pedal del freno. ¡Qué susto!
            Poco a poco se fue incorporando a mis rutinas y a mi vida. Empecé a madrugar un poco más, para que me diera tiempo de darle un paseíto, aunque fuera corto, antes de ir a la escuela. Nunca me dieron pereza esos paseos, pues sabía que eran una necesidad ineludible para ella, no como fregar los platos de la cena, que eso sí, lo podía dejar para mañana. Al principio, los domingos la obsequiaba con un platito de leche hasta que pasó su primera noche vomitando; yo la pasé en vela sin saber cómo ayudarla. También cuando le llegó el primer celo, ella paseaba por la casa lloriqueando y hasta tuvo algo de fiebre…
            En el año 2000 no se veían tantos Teckel como se ven actualmente en la ciudad de Barcelona y Polca llamaba la atención, con ese cuerpecillo de trolebús, tan alargado que casi era incapaz de correr en línea recta, pues las patas traseras se iban desviando. Gracias a Polca me relacioné con la gente del barrio, pues muchas personas se paraban a decirme algo sobre ella. Por ella hice amistad con mis vecinos Pili y Antonio y durante años Pili y yo nos juntábamos a las nueve de la noche para el último paseo, yo con Polca y ella con su amada Shira, que también nos dejó.
            Tengo mucho que agradecerle a Polca, desde esos amigos hasta la costumbre de dar largos paseos que ha contribuido muy positivamente a mi salud, ya que nunca he sido un hombre deportista. Pero tengo que agradecerle, sobre todo, haberme enseñado que existen la fidelidad y el amor incondicional, que perdona todos los enfados y te recibe al llegar a casa con alegría renovada, como si nada hubiera ocurrido.
            Polca murió ayer. Ya estaba debilitada de tal manera que el veterinario me propuso “dormirla”. Ya me había hecho a la idea. Àlex me preguntó si yo quería estar presente. Le dije que sí. Creía que estaba preparado. No lo estaba, después me derrumbé. Polca se despidió moviendo la cola, como en sus momentos de alegría. Le pregunté al veterinario si eso era algo normal, como un reflejo o algún nervio que se activaba. Me dijo que no, que nunca lo había visto. Quiero creer que ella se despedía de mí y me daba las gracias.
Gracias a ti, Polca. Gracias por todo.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me he emocionado Luis. Ha sido un regalo para Polca.
Yo siempre he tenido perros a mi lado y también he sentido lo que explicas.

Alejandro Calatayud dijo...

Muchas gracias tanto a ti com a Polca. Ha sido un placer atender a Polca estos 15 años. Polca fue uno de los primeros clientes que tuve, por tanto de los que dejan huella.
Gracias Luis.
Gracias Polca.

Un fuerte abrazo!!
Alex

Ana Sola dijo...

Conozco a tu hermana Piluca soy prima de Jorge,en este relato se percibe la elegancia ,que siempre ha caracterizado a tu familia.Un saludo Ana.