jueves, 21 de julio de 2016

DÍA 4: MOHAMED


Melilla, jueves 21 de julio de 2016.

Hoy, como ayer, hemos bajado a la playa con niños y muchachos de ambos sexos de los centros de menores La Purísima y la gota de leche. Nos hemos bañado, hemos jugado, hemos compartido… Como siempre, ellos agradecidos. Los adolescentes subsaharianos de mi grupo hoy no estaban pero, en un momento, a media mañana, han aparecido dos de ellos y se han acercado: “Buenos días, maestro. ¿Cómo está?” Al poco, me he girado y ya no estaban…

Cada día tenemos chicos y chicas diferentes y, aunque intentamos pasar lista y llevar un control, es algo prácticamente imposible. Nuevos muchachos se acercan a nosotros. Para distinguir a los que están en lista, el primer día hicimos unas pulseras con un rollo de tela. Todos quieren llevar esa pulsera. Los que hoy vienen nuevos nos la piden. Al final de la mañana, Nora se enfada porque ella no está en mi lista. Cree que no va a poder venir mañana a la piscina. Le digo que sí, que no hay problema, que puede venir igual. La piscina les hace mucha más ilusión que el mar.

Según la ley del menor, estos niños no pueden estar internados, sino que han de poder entrar y salir libremente de los centros. Así lo hacen a menudo y pasan las tardes por la ciudad, provocando en mucha gente sensación de inseguridad y hasta miedo. Me parece mentira que puedan ser los mismos muchachos con los que me he bañado en el mar.

La organización de los centros de menores no contribuye al orden. Sólo un ejemplo: algunos niños de uno de estos centros hacen aquí, en la casa de las RMI, una actividad de deporte desde las 10 de la mañana hasta las 13 horas. Ayer eran las cinco de la tarde y todavía no los habían venido a recoger. Los niños estaban sin comer. Ya es la tercera vez que pasa este verano, me cuenta Mercedes, la superiora de la comunidad, que llamó al centro para protestar. La otra vez le dijeron que se  habían olvidado. ¿Pero cómo puede alguien olvidar algo así? Ayer dijeron que habían venido a la una menos cinco y, como los niños no habían regresado de la playa, se fueron. ¿Alguien puede entenderlo? Estamos hablando de trabajadores que cobran por hacer su función, y cobran dinero público; en cualquier otra empresa se estarían jugando su puesto de trabajo

Mire, una de las chicas que, como yo, ha venido a Melilla de voluntaria, está muy dolida, con rabia, entristecida. El “educador” (con todas las comillas del mundo) de uno de esos centros, cuando ha venido a recoger a los niños de su centro que están en la colonia, los ha contado y ha dicho: “Me falta un negro”. Y ante la cara de asombro de Mire, lo ha repetido dos veces más: “Me falta un negro”. ¿Cómo puede ser educador?, se pregunta Mire. ¿Cómo puede decir eso delante de los otros niños?

A la hora de comer, he compartido sobremesa con Sabina, Alberto y Jaime. Colaboran con el servicio jesuita a migrantes (SJM). Alojados en la misma casa que nosotros, han alquilado una oficina en el centro de la ciudad para atender a personas migrantes. Ha sido una conversación muy interesante que me ha ayudado a conocer mejor la realidad con la que estos días estoy en contacto. Cada tarde, a partir de las siete, tenemos un rato de formación. Alberto va a impartirla hoy, sobre el tema de los refugiados.

Los menores que están en los centros tienen el derecho a ser escolarizados pero, por diferentes excusas, eso no siempre se cumple. Tampoco a todos les llegan los papeles necesarios para regularizar su situación. En cuanto cumplen 18 años, son obligados a abandonar el centro. Esto explica lo que Mustafá me dijo el otro día: "Yo aquí tengo 15 años, en Marruecos dieciséis y medio". De este modo, alargan la permanencia en el centro. ¿Dónde van cuando alcanzan la mayoría? A ningún sitio. No hay nada para ellos en la ciudad de Melilla. Malviven en unas cuevas. ¿Dónde comen? Donde pueden. ¿De dónde obtienen los recursos? Como diría mi amigo Manuel: “Ponte en lo peor”. Pero no puedo juzgarlos; ¿qué haría yo en caso de necesidad?

Mohamed es uno de esos muchachos que ya se ha hecho mayor de edad y no puede ya entrar en el centro de menores. Pasa el día fuera del centro con sus antiguos compañeros, pero cuando ellos se retiran a dormir, él no puede entrar. Me cuenta que, a veces, alguno de ellos le saca un bocadillo. Hoy ha venido a comer con nosotros, a la casa de las RMI, que se pusieron a su disposición por si lo necesitaba. También le han regalado unas zapatillas de deporte para que pudiera jugar a fútbol con sus amigos. A todos nos ha llamado la atención su deseo de lavarse las manos antes de empezar, cómo se ha colocado la servilleta sobre las piernas, ha recogido su plato y ha colaborado en la limpieza del comedor, sin que nadie se lo pidiera. Ha repetido “gracias” no sé cuántas veces.

Mohamed no ha estudiado. Me cuenta que en Marruecos un maestro le dijo que él no era listo. Se lo niego rotundamente. Sabe pintar y tiene mucho interés en poder ir a Zaragoza. Allí vive un tío suyo. Le cuento que en Zaragoza vive mi familia y que allí me tendrá a su disposición.

 

4 comentarios:

Jesús dijo...

Gracias por este compartir Luis.

Unknown dijo...

Impresionante y a la vez denigrante que pueda darse esa situación y por si la cosa no fuera ya de por sí GRAVE encima son los jovenes . Un beso Luis

Anónimo dijo...

Me emociona leerte me doy cuenta de lo bien que estoy y lo mal que están otros. Escribe creo que esto sirve para entender mejor este mundo. Miguel

Anónimo dijo...

Buenos días, espero que esta experiencia te sirva para dar voz a los que nadie escucha, apoyo a los que a nadie les importa y comprensión a los que nadie comprende, gracias por ponerte en el lado de los más frágiles, todo mi apoyo y solidaridad, un abrazo. Manuel.