sábado, 23 de julio de 2016

DÍA 5: NORA Y HICHAM


DIA 5: NORA Y HICHAM.

Melilla, viernes 22 de julio de 2016.

Hoy, por fin, he tenido la sensación de estar en África: ¡qué calor! Aunque Moha dice que esto no es nada. Según mi móvil, sólo son 32 grados, pero a mí me parecen más, por la sequedad del ambiente. Además, el aire está invadido por un polvillo. Ahora comprendo por qué es habitual ver en esta ciudad coches sucios, llenos de arena, como si hubieran circulado por el desierto. Desde hace dos días tenemos restricciones de agua, porque se ha estropeado un motor en la desaladora. El agua corriente tiene un sabor extraño, porque es agua desalada. Por si fuera poco, ha habido un incendio y durante un tiempo ha llovido ceniza. También el monte Gurugú, ya en Marruecos, está sufriendo un incendio hace dos días; las llamas se ven desde aquí.

Hoy es el cumpleaños de Juani, una de las chicas voluntarias. Ya anoche, a las doce, le cantamos el cumpleaños feliz y lo hemos repetido hoy varias veces. Globos y pasteles en la cena. Por lo demás, un día como los anteriores y, sin embargo, no quiero acostumbrarme a todo esto, como se han acostumbrado mis oídos a la llamada a la oración desde las mezquitas, que el día que llegamos me pareció impresionante y ahora ya casi ni la oigo, ni me doy cuenta de ella. No, no quiero acostumbrarme a todo esto. No quiero que hagan callo en mí estas heridas abiertas por la realidad que esta vez no sólo desfila ante mis ojos, como tantas veces en la televisión, sino que forma parte de mí, porque la tengo al lado, porque ha entrado en mi corazón, porque la estoy viviendo.

Hoy hemos ido a la piscina cubierta que el colegio de los Hermanos de La Salle tiene aquí en Melilla. ¡Cómo han disfrutado los muchachos! Aunque para nosotros haya sido una mañana estresante, un caos, no sé si consentido e inevitable… Desmayos, peleas, accidentes… Tanto, que nos replanteamos si volver el próximo viernes, como estaba previsto. Pero ellos, ¡lo han pasado tan bien…!

Nos hemos repartido en grupos, porque eran muchos: creo que hoy hemos superado los cien. Los primeros en bañarse han sido los pequeños. Han disfrutado enormemente. Mientras tanto, la mayoría de los mayores jugaba a fútbol. Otros esperaban tranquilamente sentados. He hablado con algunos. A todos les pregunto si van a la escuela y si estudian. Mohamed me ha dicho que sí, que ha terminado la ESO y va a hacer un curso de jardinería; Ibrahim también ha acabado la ESO y va a estudiar mecánica. Otro muchacho cuyo nombre no recuerdo (me sigue costando mucho retener estos nombres) me dice que ha terminado sexto de primaria con todo sobresalientes y un notable en inglés. Me gusta decirles que les veo cara de médico, o de abogado, o cosas así, porque me gusta que puedan pensar alguna vez que pueden aspirar a ello, si quieren, no tienen por qué conformarse con menos… El problema es que ya tienen muy asumido que el estudio no es para ellos.

Después de los pequeños se han bañado las chicas, todas juntas. No he podido evitar sonreír al darme cuenta de que la mayoría de los muchachos adolescentes ha dejado de jugar a fútbol y se ha acercado a las ventanas desde las que podían verse la piscina y las chicas. Casi todos aplastaban su nariz contra el cristal, hacían comentarios entre ellos y reían… Finalmente, ha sido el turno de los chicos mayores. El grupo de subsaharianos pretendían que Adam se quedara sin bañarse para vigilar sus cosas; al final, se las he guardado yo, para que todos pudieran bañarse. Me ha impresionado ver a Amadou, uno de los que cada día me saluda educadamente, un hombrecito de 16 años que nunca quiso bañarse en el mar, con manguitos y flotador, disfrutando del agua dulce.

Durante un buen rato he estado vigilando la puerta de la piscina, los pequeños protestaban porque, según ellos, los mayores se estaban bañando más rato y querían repetir. Se han puesto pesados. Sufian se ha enfadado porque no le dejaba pasar: ¿Estás seguro de que no puedo entrar? ¿Estás seguro? Pues ya nos veremos, me ha dicho en tono amenazador. Un rato después me ha pedido perdón y ha intentado la técnica del chantaje emocional: No tenemos padre ni madre, vosotros sois los únicos que pensáis en nosotros… Más adelante, queriéndose apropiar de una toalla que no era suya me dice: Es mía, me la regaló mi madre, la compró en Málaga. Cuando le hecho ver la contradicción porque poco antes me había dicho que no tenía ni padre ni madre, se da cuenta y me dice: Es verdad, pero calla. Según iban saliendo de la piscina, casi todos los chicos me daban las gracias.

Algunas chicas no han querido bañarse. Entre ellas, Nora. Nora está en mi grupo, pero ayer fue el primer día que vino con nosotros. Viste el hiyab, o pañuelo islámico. Es muy dulce y muy educada. También da las gracias por todo y sonríe. Al principio de la mañana se ha empeñado en hacerme una pulsera.

A la hora de marchar, Hicham, el muchachito de mi grupo que el segundo día me saludó con un beso, se ha quedado allí: no tenía chancletas, se las habían robado. Ha estado a punto de llorar. Tiene alma de niño todavía y no debe de pasarlo nada bien. La hermana Toña le ha regalado las chancletas que llevaba de reserva en la mochila, para que no fuera descalzo. Antes de irnos, Nora me ha buscado para darme la pulsera que me ha hecho. He saltado de alegría y la he hecho reír por ello. Llevo su pulsera en mi muñeca derecha. Es azul y blanca.

 

 

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