domingo, 17 de septiembre de 2017

A MÍ ME PREOCUPA EL 2-O (Dmp 1/17-18)

-¿Te preocupa el 1-O?

Hace tiempo que, cada vez que alguien me hace esta pregunta, respondo de la misma manera:

-A mí me preocupa el 2-O.

La situación de tensión que estamos viviendo me resulta triste y desconcertante: nos han instalado en el enfrentamiento; todo el mundo presume de haber apostado por el diálogo, pero nadie parece querer dialogar de verdad. Y no hablo sólo de los políticos, también de los ciudadanos de a pie, de los amigos y conocidos que continuamente me inundan con Whatsapps de enfrentamiento, sin preguntarme si quiera si quiero recibirlos, si estoy de acuerdo con ellos. Veo en Facebook grupos de cristianos que convocan oraciones por la independencia y me pregunto cómo se sentirían ellos mismos ante una convocatoria de oración por la unidad de la patria española. Sé cómo reaccionarían: los llamarían fascistas.

Vivimos, además, en el reino de los sentimientos y las sensibilidades, en el que los argumentos racionales parece que no tienen nada que hacer. Me convencí hace tiempo ya, una noche en que Jordi Évole propició un cara a cara entre Felipe González y Artur Mas. A mí me pareció que González había ganado la batalla dialéctica por goleada, pero en seguida me telefoneó un amigo catalanista para expresar su convicción contraria: el ganador había sido Mas. Aquel día me convencí de la inutilidad de los argumentos.

Sin embargo, no quiero renunciar a ellos. Nos han metido a todos en una carrera sin frenos y a mí me gustaría parar el coche y bajarme, no quiero correr esta carrera absurda. Pero tengo la sensación de que no puedo bajarme, no me dejan. Mientras algunos viven el procés desde el fragor de la batalla y la exaltación, otros muchos (creo que más de los que se piensa) lo vivimos desde una silenciosa preocupación. Y me pregunto: ¿Qué obtendremos de todo eso?

-Según los independentistas, un nuevo país. De acuerdo, pero ¿sobre qué fundamentos? Lo que ocurrió en el Parlament al aprobar la ley del referéndum y la de transitoriedad, incluida la falsificación de alguna firma, no sobrevive a la mínima crítica democrática. ¿Ése es el país en el que queremos vivir? Si el PP hubiera actuado así en las Cortes, media España estaría en la calle protestando contra la falta de democracia, porque protestó cuando simplemente aplicaba la mayoría absoluta que había obtenido legítimamente en las urnas. Aquí, en cambio, son los independentistas los que se han erigido en garantes de la democracia, sólo ellos son demócratas porque van a poner las urnas. El mínimo rigor intelectual sabe que eso no es así, que la democracia exige  también otras muchas cosas, como el respeto de la legalidad. Se quejan de las amenazas del Estado, pero convocan manifestaciones multitudinarias ante los tribunales cuando juzgan a alguno de ellos, que es otro modo de amenazar y coaccionar. En mi opinión, hay un gran número de catalanes que vive instalado en esa posverdad que incluye la creencia de que son mayoría, cuando la realidad es que en unas elecciones que ellos mismos presentaron como plebiscitarias no obtuvieron ni el 50% de los votos, aunque la ley electoral les otorgara más escaños. Y ahí tenemos a la antigua y burguesa Convergència sometiéndose a los dictados de los antisistema. Existe una mayoría que asume todo esto sin crítica. ¿Cómo va a sentirse esa mayoría si el 2-O Cataluña no es un país independiente? ¿Quién y cómo va a gestionar esa decepción? Y, si lo es, ¿qué pasará con la gran mayoría de la población que no comparte ese proyecto? ¿Tendrán que obedecer necesariamente a aquellos que nos han enseñado el camino de la desobediencia?

- Para los constitucionalistas, el respeto de la legalidad es el gran argumento, y yo lo comparto. En clase de Filosofía siempre he enseñado a mis alumnos que las leyes, que aparentemente coartan nuestra libertad, son garantía de libertad para todos, especialmente para los más débiles; sin leyes, sólo los más fuertes de la selva sobrevivirían. Por tanto, no puedo aceptar que se hagan las cosas como se están haciendo. Pero los constitucionalistas no pueden obviar un problema práctico: no se puede meter en la cárcel a la mitad de la población. Cuando Companys proclamó l’Estat català en octubre del 34, acabó en la cárcel, porque ya no tenía el apoyo mayoritario. Macià sí lo tenía al proclamar la República catalana en el 31, y se le convenció con diálogo. Defiendo que la ley está para cumplirla y que, si alguien no lo hace, debe ser sancionado; pero no me gusta la judicialización de todo este asunto. La cuestión catalana no se resuelve de ese modo. ¿Qué pasará el 2-O si Cataluña es finalmente un estado independiente? ¿Qué argumentos expondrá el Estado, qué justificación? ¿Y si el 2-O Cataluña no es finalmente un país independiente? Vale, el Estado habrá triunfado, habrá conseguido que los independentistas no se salgan con la suya, pero la frustración será inmensa y todo estará de nuevo por hacer. No se pueden excusar en que el otro no quiere dialogar, hay que buscar ese diálogo a toda costa, hay que tender puentes y no dinamitarlos, porque están jugando con dinamita y, quizá, no lo saben.

He dudado mucho sobre si escribir este artículo. Una vez afronté la cuestión catalana en este mismo blog y recibí insultos como nunca antes. Y eso que defendí Cataluña como nación. Pero me he decidido a escribir porque sigo creyendo en el valor de la palabra y de los argumentos. La tensión se me hace insostenible. Me entristece ya no poder hablar con compañeros de trabajo de cuestiones políticas que antes afrontábamos en las charlas de café con serenidad. Sé de familias divididas por esta cuestión.

Cataluña y toda España necesitan personas que apuesten por rebajar la tensión y no por aumentarla con cada gesto, con cada palabra, con cada WhatsApp… Personas que apuesten por el diálogo y no por la imposición. Y no me refiero sólo a las mesas de las grandes decisiones, no sólo a los políticos, también en las mesas de café, en nuestras tertulias cotidianas, hay que rebajar la tensión, escuchar al otro, ser crítico con las propias convicciones, con las actuaciones de “los nuestros”. Las palabras deberían servir para buscar el acuerdo, no la victoria a cualquier precio.

Quizá ésta es la utopía por la que vale la pena luchar.

1 comentario:

Jesús dijo...

Gracias por tu reflexión Luis, estoy de acuerdo y, también, desde Pamplona, preocupado por todo esto... no me gustan estas formas...